Orsay
El mismo día en que terminé de pagar la última cuota de los anillos de compromiso, se cumplían justamente tres meses desde la tarde en que me dijo adiós y me mandó a que me aguantara mi madre.
Cuando salí de la financiera, caminé desde Ejido hasta el túnel de 8 de octubre solo para recordar mejores momentos de nuestra relación y además aproveché justamente para comer en casa de la que me dio a luz.
Luego continué con mi conocido masoquismo, recordándola a ella y a toda su familia.
Su vieja era una crack. A los diez minutos de conocerla me pidió tres mil pesos para vacunar un perro y cuatro gatos que tenia en el fondo. Nunca vi a nadie que amara tanto a los animales. Apenas le di la plata salió corriendo a la carnicería y les trajo cinco tiras de asado y cuatro chinchulines para que comieran por la noche, increíble, me hubiera gustado verlos.
Del viejo que podría decir?…..un tipo excelente. Siempre sentado bajo el parral con su botella de vino y quejándose de aquella maldita uña encarnada que según me contó no le ha permitido trabajar desde que tenia dieciocho años.”Son cosas que pasan”….le dije para consolarlo. El hombre desvió la vista hacia la fuente del asado y pude ver que le asomaba un lagrimòn.
El Estadio era para nosotros una especie de templo sagrado, tal vez porque fue allí donde nos vimos por primera vez.
Su forma de arrojar naranjas a la cancha me cautivó. Y ni hablar de sus cánticos jocosos donde recordaba graciosamente a la hermana del árbitro de turno.
Aquel día de clásico supe que debía invitarla a salir.
Tomando un poco de valor (además de cuatro medidas de whisky) me acerqué muy lentamente hasta que pude susurrarle al oído:
-“Si ganamos te espero en la puerta para festejar”-
Luego me alejé rápidamente mientras ella asentía con la cabeza.
Su camiseta a rayas ondulaba suavemente con la brisa.
El cero a cero parecía inamovible y se acercaba tristemente el minuto final.
Cuando ya lo creía todo perdido, un zapatazo de treinta metros vino a reavivar los corazones de la Ámsterdam y también a darme la oportunidad de conocerla.
Uno a cero………. gracias a Dios, ¡chupáte esa mandarina!
La esperé en la puerta como le había prometido.
-Hola- Me dijo.
-Hola- Respondí, mientras acomodaba mi bandera en la mochila al lado de la estampita de San Jorge, que después le regalé.
Así fue nuestro comienzo.
Mas adelante vinieron tardes de fútbol, de besos, y de panchos Cattivelli con mostaza picante.
La primera vez que me dijo “te quiero” fue como un gol de media cancha.
Recuerdo que su madre estaba haciendo tortas fritas.
No lo podía creer. Enseguida le respondí emocionado……
- “Yo también mi amor… te quiero hasta la luna, hasta el cielo, hasta Marte, no te dejo de querer ni el día del golero”-
Ella colocó con elegancia su torta frita encima de la mesa y luego me besó con profunda pasión.
Pero como todo lo bueno de mi vida, duró bastante poco, mucho menos que un helado palito en medio del recreo.
No es que me duela especialmente que se fuera con el portero de la cancha de Cerro (la verdad es que el tipo sabe de fútbol), pero lo que no comprendo es que se haya llevado la tele, la lavadora, la computadora y la heladera, pensar que yo la amaba porque no le importaba nada lo material. Tampoco entiendo que me dejara la estampita hecha pelota y tirada en un rincón como si tal cosa.
Después de todo no la traté tan mal y creo que en eso estábamos de acuerdo.
Jamás le faltó una entrada para un clásico, tampoco en aquel de la liguilla donde tuve que garpar el triple en la reventa y encima quedarme afuera, mientras ella entraba al estadio con sus amigotes.
Por su amor me hice testigo de Jehová ya que me juró que los fieles iban a la iglesia vestidos con la camiseta de Peñarol. Mentirosa!!! . Menos mal que el Pastor me dejó escuchar el sermón desde la canchita del fondo.
Sacó la pelota al corner cuando le pregunté si quería más al equipo que a mí.
-“Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”- respondió mientras se arrancaba los bigotes.
El minuto noventa llegó para lo nuestro, y ésta vez supe que no había ningún descuento.
La bandera a rayas me la metí donde pude y sin derramar una sola lágrima.
Como soy muy impulsivo, no pude contenerme al ver que su nuevo novio cargaba mis electrodomésticos en una camioneta …..y le grité:
-”Te vas a arrepentir, no es una buena mujer”-
El tipo me miró como con lastima y siguió con su trabajo, yo por las dudas entré en mi casa mirando de reojo.
No he podido volver al estadio en días de partido. Ahora me conformo con verlo desde afuera y en pensar que el amor y el fútbol no son lo mío
No voy a aceptarla ni siquiera como amiga, ya se lo advertí cuando vino a decirme que quería regresar, ella sabe que soy un tipo muy orgulloso.
Sin embargo hay algo que a lo mejor podría salvarla, y es que lleguemos a la deseada final de la Libertadores. Le prometí a mi querido San Jorge que si me cumple este milagro yo aceptaría volver con la fulana.
Pero esta vez las cosas tienen que quedarle bien pero bien claritas. Las entradas las va a tener que pagar de su propio bolsillo, y que no me venga con que tiene que comprar comida para los bichos de su madre….de eso me encargo yo. Y si no le gusta, a otra cosa y pelota al medio.
Fuente:
http://losyoruguas.com/
25 agosto 2009
Historias y Cuentos - Orsay
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