21 septiembre 2008

Opiniones


Los uruguayos en el exterior - "That is the question"

Es complejo separarse de las sensaciones que a uno le provoca emocionalmente al intentar escribir algunas líneas sobre la difícil situación del concepto “migración” y las últimas noticias relacionadas al tema.

En especial, cuando nos separamos del concepto abstracto para referirnos a la situación “real”, in situ, fuera de números y estadísticas, del día a día de miles y miles de compatriotas que hoy viven y sobreviven la difícil realidad de ser un inmigrante en países donde serlo, ha pasado a ser parte de un problema social, político y económico, pero sobre todo de integración, de inclusión y de exclusión, de ser o no ser, de ser parte o estar afuera, de ser bienvenido o no, en fin, el mismísimo problema de poder “ser” en una sociedad.

La mayoría de los autores, opinólogos y políticos, sobre todo en Europa, tienden a hablar del concepto “migración” como un problema. Varias veces hemos manifestado que la “migración” en sí misma no es ni una solución ni un problema. Es un dato de la realidad humana más viejo que el “agujero del mate” y que responde a múltiples causales de diversa índole que sería imposible analizar en mínimo detalle en estas líneas. Pero ojo, tengamos claro: la migración no es un problema en sí mismo, se problematiza en la desorganización, en la ilegalidad, en la falta de planificación y ante todo, en la xenofobia, en el racismo, y en los nacionalismos exacerbados.

Durante estos últimos años hemos discutido mucho sobre los alcances y las dificultades de los ciudadanos latinoamericanos que residen ilegalmente en los países europeos. Evidentemente, las dificultades que hoy enfrentamos nuestros países y los desafíos que enfrentan los países receptores de migrantes podrían haber sido solucionados de manera racional y, fundamentalmente, de forma más humana, si cuando el fenómeno se hacía evidente y pronunciado se hubiesen tomado algunas medidas que de todas las partes se alzaban como urgentes.

Es evidente y claro que no buscar soluciones de integración a tiempo fue llevando a que una gran cantidad de ciudadanos europeos contemplen el fenómeno como un problema socio-cultural en vez de tomarlo como debería ser –recordemos como los latinoamericanos tomaban los contingentes migratorios que provenían de Europa en el correr de la primera mitad del siglo XX- como una oportunidad de desarrollo de las naciones y las sociedades. De las naciones en términos económicos y productivos, y de las sociedades, en términos culturales y ciudadanos.
Hoy, desgraciadamente, estamos ante un mapa de situación mucho más complejo y ante un escenario geopolítico europeo más reaccionario y regresivo ante el concepto migración y obviamente ante lo más importante: ante ese día a día de miles de compatriotas latinoamericanos.

Más allá del desagrado que provocan las últimas directrices de la Unión Europea sobre este tema, que refleja esas posiciones humana y políticamente complicadas, quisiera detenerme en algunas otras cuestiones centrales.
Creo no equivocarme, partiendo, y lo asumo, desde una posición humanista y de izquierda, en afirmar que el centro de la problematización y el centro del debate debe seguir siendo el ser humano en la sociedad global.
Y digo “global” y lo subrayo, porque estamos ante una contradicción teórica y política constante, donde fundamentalmente la derecha mundial, y la europea más aún, caen irremediablemente. La sociedad hoy, más allá de los Estado-Nación y mucho más allá de las fronteras terrestres, es una sociedad global. La globalización de la economía a escala mundial y sobre todo el avance de las tecnologías de la comunicación y el transporte han elevado la globalidad de la sociedad a escalas que ni la propia derecha –precursora férrea de la globalidad económica- había previsto. No se podía pretender que solo la economía se globalizara, no podían pretender que los flujos económicos fueran libres y las personas –centro indiscutible de las sociedades- no lo fueran.
Por eso, es importante destacar que el centro del debate debe ser el ser humano en tanto persona, en tanto ser sociable que se desarrolla individualmente en interrelación con sus iguales. Y allí sí es que los asuntos se hacen más preocupantes. Voy a destacar dos aspectos que creo que son los que representan más abiertamente esta visión de las cosas.

Por un lado la criminalización de la inmigración. La derecha teóricamente pone el acento en la seguridad –fundamentalmente la seguridad de lo “privado”, de lo mío, de lo nuestro- ante las demás cuestiones. Esta situación, en Europa se vio evidentemente agravada con el eje nacionalista que enmarcan hoy la tríada Sarkosy – Merkel – Berlusconi. Proponer y aceptar hasta 18 meses de reclusión para aquellos inmigrantes indocumentados es ante todo un acto de barbarie humana, es criminalizar flagrantemente una situación administrativa de una persona. Y solamente en regímenes autoritarios del pasado, una situación administrativa podía ser causa de una reclusión carcelaria. Es la derecha en su máxima expresión. La derecha y la seguridad, la derecha política tras la derecha económica de siempre.

Por otro lado, la posibilidad de la existencia de un “contrato de integración” que se le quiere hacer firmar a los inmigrantes. Nada más parecido al trato de una persona como una empresa, como una cosa, como un objeto de derecho y no como debería ser, como un sujeto de derecho. Entre muchas cosas, este “contrato”, obligaría a los inmigrantes a aprender la lengua del país y “respetar los valores”.
Vaya afirmación más laxa. ¿Que valores? ¿Quién los define? ¿Con que límites?. Y esto es mucho más profundo que estas preguntas anteriores, se enmarca nuevamente en el intento de impulsar un pensamiento hegemónico en el área de la economía pero en poner absolutas trabas en la profundización de las sociedades multirraciales, en la profundización de la multiculturalidad social y, naturalmente, son al fin y al cabo, trabas al desarrollo de las sociedades y la construcción ciudadana en su interrelación constante. No existe muestra más grande de racismo, de exclusión y de xenofobia que el solo intento de que exista este contrato, que obviamente, propone Sarkosy.
¿Quizás sea mucho pretender que todos tengamos las mismas obligaciones y los mismos derechos ante la Ley? Solo algunos datos para tener en cuenta: en España, hoy en día, el trabajo de los inmigrantes representa el 38% del crecimiento del PBI de los últimos años. Esos inmigrantes aportan para la Seguridad Social un 7,4% de lo recaudado. Pero sin embargo, solo reciben el 0,5% gasto de esos rubros. Hay un correo electrónico que esta circulando hace un tiempo que reza muy bien: “excelente síntesis contra la discriminación: (un niño de raza negra sostiene un letrero)…tu cristo es judío, tu escritura es latina, tus números son árabes, tu democracia es griega, tu equipo de música es japonés, tu balón es de corea, tu videoconsola es de Hong Kong, tu camisa es de Tailandia, tus estrellas futbolísticas son de Brasil, tu reloj es suizo, tu pizza italiana…¿Y…tu eres el que mira a ese trabajador inmigrante como un despreciable extranjero?.

Deberíamos caminar juntos todos los países involucrados a diferentes grados de soluciones. En primer lugar debería existir un mayor compromiso real de los países desarrollados en –valga la redundancia- el desarrollo productivo de los países del tercer mundo o en vías de desarrollo.
A lo largo de la historia de la civilización esta más que comprobado que los fenómenos migratorios no se detienen con políticas restrictivas ni represivas. Observemos sino, la frontera de México con EEUU o las fronteras marítimas entre España y Marruecos, entre muchas otras. Solo pueden paliarse con políticas claras de apoyo a las naciones que aportan migrantes para que los ciudadanos encuentren en su país de origen el verdadero desarrollo ciudadano y la vida digna que todo ser humano merece tener. Y en los países receptores, políticas de integración y cohesión social que estén alejadas de toda muestra de discriminación y racismo y se dirijan claramente hacia el ser humano como centro motor del desarrollo de las sociedades. Por ello, la cooperación internacional es una necesidad ya no para hoy, sino para ayer.

En segundo lugar, practicar la honestidad intelectual y teórica más a menudo. Sería importante que se partiera entendiendo que la migración mundial a niveles masivos llegó para quedarse y es causa – consecuencia del sistema mundial global al que pertenecemos. En ese sentido, estudiar la posibilidad de que las potencias mundiales, receptoras de migrantes, pagaran algún tipo de canon por la formación académica y universitaria de los también miles de latinoamericanos que ellos fomentan que vayan a trabajar a sus países, permitiría invertir esos dineros en políticas de integración social y económica para aquellos otros ciudadanos latinoamericanos que muchas veces no tienen otro destino que el del sufrido inmigrante ilegal.

Escribio Enrique Pintado
(Disputado Uruguay)